“LOS CASANOVAS. SAGA DE FOTÓGRAFOS”
Esta exposición retrospectiva de la estirpe familiar de los fotógrafos Casanovas hurga en la historia de Palafrugell y, paralelamente, en la historia de la fotografía y las transformaciones de ambas a medida que se suceden las generaciones.
Hace unos 150 años, Lluís Casanovas Marquès (Palafrugell, 1857-1934) fue el fundador de un linaje de fotógrafos formado por él mismo, su hijo Ling Casanovas Lallement (Palafrugell, 1891-1954), su hija Aura Casanovas Lallement (Palafrugell, 1893-1988) –especialista en retoque fotográfico y coloreado–, su nieto Lluís Casanovas Sierra (Palafrugell, 1919-2011) y su bisnieto Lluís Casanovas Martínez (Barcelona, 1950).
El bisabuelo Lluís Casanovas era taponero y se instaló en Épernay (Francia), capital de la zona del champán, con la intención de profundizar en la industria de los tapones de corcho. Pero allí quedó fascinado por el nuevo mundo de la fotografía y aprendió la técnica con un retratista en París, donde llegaban constantes novedades en materia fotográfica.
Aún en Épernay, conoció a Athénaïse Lallement Campion, con la que regresó a Palafrugell alrededor de 1885. Aquí empezó a hacer de fotógrafo, aunque al inicio sin abandonar el trabajo de taponero. Con su cámara y el trípode tomaba fotografías de personas y de grupos en exteriores, hasta que abrió su primera galería fotográfica en la calle Concòrdia.
Más tarde, todavía a finales del siglo XIX, abrió una nueva galería en la calle Begur, esquina con la calle Garriga, y ya hacia 1910 en la calle Marçal de la Trinxeria. Finalmente, en la década de 1950, el estudio de los Casanovas se ubicó en la calle Torres Jonama. También tuvieron una sucursal abierta los días de mercado y los domingos en la calle Pedró de Palamós, en una galería que fue destruida por los bombardeos de la Guerra Civil.
Básicamente, todas las generaciones de los Casanovas han sido retratistas, aunque también han realizado breves incursiones en el mundo de la edición de postales, así como reportajes de eventos y festividades locales.
La autoría de todas las fotografías lleva la firma L. Casanovas, que corresponde a los nombres de los fotógrafos de la estirpe, los diversos Lluís y Ling. Y si bien este hecho dificulta saber con exactitud cuál de ellos es el autor de cada imagen, en algunos casos puede llegar a deducirse por la fecha de la fotografía. Tanto “L. Casanovas” como “Fotografía Casanovas” eran marcas comerciales distinguidas que la familia usó y mantuvo durante todos estos años y que nosotros hemos querido respetar en esta exposición.
El ideal de belleza femenina a través de la fotografía de estudio
La fotografía de estudio siempre ha sido un reflejo de los ideales de belleza de cada época. Los fotógrafos no solo retrataban a las mujeres tal y como eran, sino también tal y como la sociedad consideraba que debían ser.
A finales del siglo XIX y principios del XX, la belleza femenina se asociaba a la respetabilidad, la elegancia y la contención. Las mujeres aparecían en posturas rígidas, con vestidos elaborados, cinturas marcadas por el corsé y expresiones serias. El retrato buscaba transmitir dignidad, estatus social y virtud.
Durante las décadas de 1920 y 1930, la mujer moderna empezó a ganar protagonismo. El pelo corto, la silueta más recta y una actitud más independiente sustituyeron paulatinamente los modelos victorianos. La fotografía acentuó la sofisticación y el glamur inspirados en el cine.
En los años cuarenta y cincuenta, el ideal se orientó hacia una feminidad más sensual y elegante. Las actrices de Hollywood influyeron profundamente en los retratos de estudio, que resaltaban las curvas, los peinados elaborados y una belleza considerada armoniosa y refinada.
Más tarde, los cánones se diversificaron. La juventud, la naturalidad y la libertad de expresión empezaron a competir con los ideales tradicionales. Las fotografías mostraban a mujeres más espontáneas y menos condicionadas por las convenciones sociales.
Así, a lo largo de más de un siglo, la fotografía de estudio ha pasado de representar a la mujer como un modelo de belleza idealizada y a menudo pasiva, a mostrarla progresivamente como una persona con identidad propia, capaz de definir ella misma su imagen y su belleza.
El carnaval coloreado: el arte de iluminar fotografías
Durante las primeras décadas del siglo XX, la mayor parte de las fotografías eran en blanco y negro. Sin embargo, el deseo de acercar la imagen a la realidad –y también a cierta idea de belleza– llevó a muchos fotógrafos y retocadores a colorearlas manualmente.
Colorear fotografías exigía habilidades muy similares a las de un pintor: sensibilidad cromática, dominio de la luz y una gran precisión manual. Cada retrato coloreado era irrepetible.
En el caso que nos ocupa, Aura Casanovas Lallement fue una pionera y una auténtica especialista en el arte de colorear manualmente las fotografías que tomaba su hermano Ling Casanovas Lallement, lo que no solo aportaba realismo y atractivo visual a la imagen, sino que también incrementaba notablemente su valor comercial.
Una fotografía coloreada se convertía en una pieza exclusiva. En una época en la que la reproducción en color todavía no existía o era muy limitada, estas fotografías eran consideradas objetos de prestigio y con frecuencia ocupaban un lugar destacado en los hogares, enmarcadas como auténticos retratos pictóricos.
Las fotografías de carnaval eran especialmente adecuadas para el coloreado manual. Disfraces, vestidos elegantes, máscaras y complementos ofrecían una gran variedad de colores que el blanco y negro no podía reproducir. Mediante la aplicación manual de pigmentos, anilinas y acuarelas, los retocadores podían resaltar los rojos intensos, los azules brillantes, los dorados o los detalles ornamentales de los vestidos, de modo que la imagen resultara mucho más atractiva.
Estas imágenes solían conservarse como un recuerdo especial de una celebración excepcional. Y el coloreado permitía recuperar parte de la riqueza visual de la fiesta y transmitir mejor el ambiente de alegría, fantasía y exhibición que caracterizaba el carnaval.
Cuando las fotografías pierden su nombre
En cualquier mercadillo o tiendas de chamarileros o de anticuarios es fácil encontrar cajas llenas de fotografías antiguas. Retratos de estudio, grupos familiares, bodas, excursiones, niños que miran a cámara, parejas sonrientes o personas que celebran un momento especial. Imágenes que un día ocuparon un lugar destacado en una casa y que hoy aparecen mezcladas entre objetos sin propietario.
Cuando una fotografía se separa de los nombres, fechas y recuerdos familiares, se convierte en un documento incompleto. Vemos a las personas, pero ignoramos quiénes eran. Podemos contemplar sus expresiones, su ropa o el ambiente de la época, pero desconocemos sus vivencias.
Cada fotografía anónima es el rastro de una historia familiar que se ha ido desvaneciendo. A menudo, después de la muerte de sus propietarios, los álbumes se reparten, se pierden o acaban en manos de personas que no reconocen a ninguno de los retratados. El paso del tiempo se encarga de hacer el resto. En una o dos generaciones, los nombres se olvidan y las fotografías dejan de tener un significado personal para convertirse en simples objetos antiguos.
Este fenómeno nos recuerda la importancia de documentar nuestros archivos familiares. Escribir nombres, fechas, lugares y circunstancias en las fotografías puede parecer una tarea menor, pero es una forma de preservar la memoria colectiva. Sin esta información, las imágenes pueden sobrevivir durante más de cien años, mientras que la historia que las acompaña desaparece en tan solo unas décadas.
Quizá el mayor valor de estas fotografías anónimas sea precisamente éste: recordarnos que la memoria no se conserva sola. Necesita ser contada, compartida y transmitida. Cada vez que identificamos una fotografía antigua, anotamos un nombre o recuperamos una historia familiar, estamos evitando que una pequeña parte de nuestro pasado acabe algún día en una caja de algún mercadillo, convertida en una imagen sin nombre.
Comisariado
Enric Bruguera
Producción
Biennal de Fotografia Xavier Miserachs
Diseño expositivo
Lluís Bruguera
Diseño gráfico
Carles Reig
Reproducciones fotográficas
Rebel·lab Photo
Enmarcación
Arte Pisano & Pellet Punto
Asesoramiento lingüístico y traducciones
Núria Sàbat, Daniel Parsons, Marta Moreno y Aina Pubill
Asesoramiento documental
Paqui Téllez
Impresiones
Gràfiques Agustí
Montaje
Àrea de Cultura y Fusteria Pujol
Originales y reproducciones
La mayor parte de las imágenes que encontraréis en la exposición son reproducciones digitales de las fotografías originales. Hemos decidido no exponer las fotografías originales de las que no somos propietarios porque, en muchos casos, tienen más de un siglo de antigüedad y constituyen documentos frágiles e irremplazables.
